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Volumen 10, número 4,
septiembre de 2007
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Entrevista con Enrique Costas Lombardía, donde
desenmascara las mentiras de la industria farmacéutica
Salvador López Arnal, Revista El Viejo Topo nº 229, 29 de junio 2007
Enrique Costas Lombardía es economista y fue vicepresidente de la Comisión
de Análisis y Evaluación del Sistema Nacional de Salud de España (también
conocida como “Comisión Abril”).
- ¿Cuáles son los principales laboratorios farmacéuticos que operan en
España? ¿Podría indicarnos el volumen de su negocio, sus beneficios en estos
últimos años?
Los mismos que también son principales en casi todos los países:
laboratorios multinacionales, como Bayer, Norvartis, Lilly, Pfizer, Abbot,
Roche, Pharmacia y algunos otros. Cada vez menos, porque tienden a
concentrarse para ampliar la capacidad financiera y el dominio del mercado.
No conozco las cifras de ventas de cada uno, pero sin duda son altas, en
proporción al enorme y creciente gasto en medicamentos, que, en 2004,
ascendió en España a unos €14.000 millones, y en el mundo a, más o menos,
€450.000 millones.
¿Cuánta es la ganancia de la industria?, pregunta Ud. Pues no lo sé. No hay
datos públicos fiables. Un economista americano, Uwe Reinhardt, estima el
21% de beneficios después de impuestos, y también después de dedicar a
investigación un 14% de las ventas (que no todos lo hacen). Otros calculan
porcentajes más altos. En cualquier caso hay indicios muy sólidos de que la
rentabilidad de la industria farmacéutica es extraordinaria. Indicios como
el alto número de medicamentos patentados, y la patente permite fijar
precios de monopolio, o que en la lista de las 500 empresas más relevantes
de EE.UU. que cada año pública la revista Fortune, las compañías
farmacéuticas incluidas son siempre las primeras, y muy destacadas, en la
cifras de beneficios, ya se midan en porcentaje de las ventas o en tasa de
retorno del capital. En fin, bien puede decirse que hacer medicamentos
produce espléndidas ganancias, y con esas ganancias va el poder.
- Farmaindustria, una asociación de laboratorios farmacéuticos que dice
estar preocupada por la ética comercial, se ha autoimpuesto recientemente
una sanción de €500.000 por publicidad engañosa y por atenciones irregulares
a los médicos. ¿Qué prácticas de publicidad engañosa son esas? Podría darnos
algunos ejemplos. Es muy infrecuente que una asociación empresarial se
autoimponga una sanción de estas características. ¿Por qué cree que han
obrado de ese modo? ¿Es acaso una forma encubierta de publicidad que intenta
limpiar la cara de otras actividades menos presentables ante la opinión
pública?
Vamos a ver, Farmaindustria como asociación no se autosanciona.
Farmaindustria elaboró un código, que llama de buenas prácticas comerciales,
y los laboratorios asociados aceptan ser sancionados cuando lo incumplen. Es
decir, el grupo se autorregula, se autojuzga y se autocondena. Aunque
claramente todo esto no pasa de ser una comedia sin efecto alguno en el
mercado ni en los consumidores. Como Ud. dice, el fin real de este código es
lavar la cara de la industria farmacéutica haciendo ver que está
comprometida con la transparencia y la honradez. Sí, una forma de publicidad.
Y de paso sirve para cohesionar el grupo, unificar sus criterios, moderar
las carreras de descuentos o de regalos y, a mi juicio también, desfigurar a
conveniencia de la industria conceptos y palabras.
Por ejemplo, la “publicidad engañosa”, por la que Ud. pregunta, es para el
código aquella que compara un producto con los competidores de otras marcas
cuando precisamente esa comparación es el único medio de impedir el engaño
de muchos medicamentos nuevos que no mejoran los similares antiguos. Así, el
código de buenas prácticas considera publicidad engañosa a la que evita el
engaño, y publicidad leal a la engañosa que hoy hacen los laboratorios. Y de
modo parecido llama “atenciones irregulares”, no a las inmorales o poco
serias, sino a aquellas cuyo valor en euros excede el aceptado tácitamente
por la industria para obsequios e invitaciones.
- La industria farmacéutica suele sacar al mercado nuevos medicamentos
que, supuestamente, mejoran los anteriores o tratan enfermedades que hasta
entonces no eran tratadas. ¿Qué tipo de investigaciones realizan los grandes
laboratorios? ¿Por qué cierto tipo de enfermedades nunca o casi nunca
aparecen en su agenda? ¿Es verdad que sus planes están dirigidos básicamente
hacia las poblaciones adineradas de los países adinerados?
Bueno, estas son preguntas complejas y antes de contestarlas debo comentar
algunas cosas. Una repuesta directa no se entendería. Verá Ud., el mercado
farmacéutico, en teoría económica, es un mercado imperfecto. En él no se
produce naturalmente la competencia por el precio. Se compite por
diferenciación del producto, o sea, con medicamentos cuyas ventajas los
hacen distintos y más deseables, como pueden ser la mayor efectividad, o
seguridad, más fáciles de usar, etc. Es obvio que los productos nuevos
suponen la diferenciación más completa, son los competidores más fuertes, y
por eso la industria farmacéutica destina a descubrirlos sumas considerables.
La investigación farmacéutica no es, como la palabra “investigación” podría
sugerir a muchos, un elevado trabajo de indagación científica, sino el
mecanismo de la industria para conseguir fármacos nuevos que, amparados por
la patente y la marca comercial, llegan a constituir monopolios temporales
que maximizan el lucro de la compañía. Este es el objetivo último y
verdadero. La industria sólo investiga para alcanzar una posición dominante
en el mercado y sólo cuando ese mercado puede asegurar una tasa de retorno
atractiva. Pura lógica empresarial. De ahí que la investigación farmacéutica
se concentre en las enfermedades crónicas prevalentes en los países
desarrollados o adinerados, como Ud. dice, y abandone las que sufre la
población de las naciones pobres sin recursos para pagar las medicinas. En
resumen, la naturaleza de la investigación farmacéutica es meramente
mercantil; no está motivada por la ciencia aunque emplee, claro está, medios
científicos y produzca remedios para algunas enfermedades que no los tienen.
Faltaría más.
- ¿Qué porcentaje de estos nuevos fármacos representan mejoras reales,
avances científicos efectivos?
El mercado farmacéutico recibe una continua corriente de nuevos medicamentos
siempre con precios elevados y que en gran proporción son clínicamente
innecesarios. No todas las novedades son avances terapéuticos, ni mucho
menos. Mire Ud., la FDA de EE.UU., tan mencionada como referencia de
autoridad, estima que sólo el 13% de los medicamentos nuevos mejoran de modo
sustancial a los preexistentes más baratos; la Oficina Regional en Europa de
la OMS, calcula el 15%, y el organismo farmacéutico superior de Canadá, el
Patented Medicines Prices Review Board, lo reduce al 7%. Dicho de otro modo,
en más del 85% de los nuevos medicamentos la eficacia relativa –el resultado
de comparar su eficacia con la de un fármaco similar ya en uso- es
prácticamente nula. En más del 85%, repito, la inmensa mayoría. Un dato que
descubre la enorme extensión del engaño de las farmacéuticas, que propagan
como mejor, y cobran muy caro, lo que sólo es igual a lo que ya hay a precio
bajo. O sea, la sociedad paga más o mucho más por muy poco o por nada más.
Bien puede decirse que el negocio y el beneficio de la industria
farmacéutica están, en gran parte, asentados en el engaño y el despilfarro
social.
- Pero si hay aquí engaño, fraude, ¿cómo podría controlarse? ¿Por qué no
intervienen los poderes públicos sancionando prácticas no admisibles sea
cual sea la óptica política que cada cual quiera mantener? Estamos hablando
de fraude en temas de salud humana, no de cuestiones sin excesiva
importancia. Sin embargo, por otra parte, un centro de investigación
avanzada como el BIOCAT está notablemente financiado por la industria
farmacéutica. ¿Por qué cree usted que operan de ese modo?
Impedir el engaño es teóricamente sencillo. Basta con fijar el precio de los
nuevos medicamentos, o decidir su inclusión en el sistema público de salud,
en función del valor terapéutico añadido de cada uno, algo no muy difícil de
evaluar por medio del análisis coste/efectividad o la eficacia relativa. De
hacerse así, el precio de las novedades prescindibles no sería más alto que
el de sus similares ya comercializados, y no permitiría el gasto de la
publicidad mentirosa necesaria para presentarlas ante los médicos como
verdaderos avances. Algunos países ya aplican estos o parecidos
procedimientos. No muchos: Australia, que fue la primera, Nueva Zelanda,
Francia, Finlandia, Reino Unido (con menos fuerza), y EE.UU. para el consumo
del Medicaid, el seguro federal para los pobres. No consienten el engaño.
Claro que la industria farmacéutica es poderosa y hábil para aguar las
medidas que le disgustan. Pero aun así, en casi todas esas naciones el
precio medio de los medicamentos es más bajo y crece pausadamente, y la
información al médico mucho más cierta, permitiéndose distinguir entre la
pseudonovedad y la novedad.
En España, sin embargo, los políticos no quieren evitar el engaño, incluido
el actual gobierno de izquierdas que se precia de justo defensor de lo
público. Las medidas que, desde hace tiempo, se adoptan son sólo cosméticas,
medidas para no tener que tomar medidas. Se sigue una política de
entretenimiento o de hacer que se hace mientras se dejan pasar los días sin
afrontar los problemas. Mire Ud., hace unos meses se aprobó la nueva Ley del
Medicamento, y esa ley, que pretende modernizar el sector y ajustar el
consumo de fármacos, tan excesivo, no obliga a comparar los nuevos con sus
similares preexistentes. No impone el coste/efectividad ni la eficacia
relativa. Al contrario, enaltece el placebo como patrón de referencia para
medir la eficacia de un medicamento nuevo, cuando el placebo, que es, como
Ud. sabe, una sustancia inerte, nunca puede revelar si la novedad es un
avance terapéutico o una pseudonovedad que no añade nada. La única
explicación de los ensayos con placebo, dice con ironía Richard Nicholson,
un bioético británico, es que así no se puede percibir que son muy pocos los
nuevos fármacos que mejoran a los ya disponibles. El placebo encubre el gran
engaño de la industria y, al parecer, la legislación española también.
Esto podría ser la razón de la generosidad de las farmacéuticas al financiar
centros de investigación, como BIOCAT, u otras operaciones de nuestros
gobiernos. La industria invertiría dinero para conservar el favor del poder
político.
- ¿Existe alguna vinculación entre la industria farmacéutica y los
hospitales y facultades universitarias como las de medicina o económicas? ¿Por
qué la industria farmacéutica coloca sus poderosos tentáculos en esos
ámbitos? ¿Cree usted que el espacio público debería aceptar esas
intervenciones?
El sector farmacéutico forma parte del sanitario, así que la relación o,
como Ud. dice, la vinculación industria/hospital entra en la naturaleza de
las cosas. Lo que ocurre es que el dinero de la industria la ha degradado a
una compra de voluntades. En busca de recetas, paga reuniones, cursos,
proyectos de investigación, aparatos, etc. En los hospitales, la industria
siempre se muestra como un dadivoso calculador que espera que el dinero
regalado le sea devuelto con creces.
La relación con las facultades de economía, centros de estudios, escuelas de
negocios o sociedades profesionales, es también de compra. La industria las
subvenciona para conseguir que el ámbito académico no sea crítico, sino
amistoso, y produzca trabajos con prestigio universitario en defensa de las
patentes, los precios, el consumo, etc., en defensa de los beneficios de las
farmacéuticas. Compran la protección de una red intelectual reconocida.
Desde luego que el espacio público, como Ud. lo llama, no debería aceptar
donaciones de la industria, ni en dinero ni en especie. Ayudan, claro que
ayudan, y en ocasiones cubren necesidades perentorias de los servicios
médicos, pero nunca podrán compensar la desintegración moral y las
ineficiencias que pronto producen.
- ¿Qué porcentaje de los ensayos públicos son financiados directamente
por la industria farmacéutica? ¿Por qué realizan esas inversiones? Si los
ensayos son públicos no se corre el riesgo, en buena lógica, que pueda haber
apropiación privada de esos resultados. ¿La hay?
Autores americanos, numerosos, recuerdo ahora a Abramson y a Spitz, estiman
que el 70% de todos los ensayos clínicos es pagado directamente por las
farmacéuticas. Una cantidad de dinero enorme, porque cada año se hacen
decenas de miles de ensayos clínicos. Se dirá, y es cierto, que este tipo de
ensayos, en los que participan seres humanos, están sujetos a unas normas
legales exigentes (autorizaciones de comités de ética, protocolos, plazos,
etc.). Pero también es cierto que la intención científica y la
interpretación de los resultados de la prueba escapan a las regulaciones, y
que una experimentación independiente e imparcial pudiera tener gravísimas
consecuencias para una industria que engaña, vendiendo la mayoría de sus
novedades a precios de avances terapéuticos cuando no lo son (recuerde Ud.
que nada menos que el 85% tienen una eficacia relativa nula o casi nula).
Sería un riesgo insoportable para la industria que la venta y beneficios
previstos de un nuevo producto dependieran de criterios científicos
neutrales. Como dice McHenry, un filósofo y bioético de la universidad de
California, la estrategia de la industria ahora no es aceptar la evidencia,
sino defender “las moléculas”, las novedades. Así que, necesariamente, la
ciencia ha de flexibilizarse y someterse al marketing y las normas
gubernamentales, también. De un modo u otro la industria diseña y controla
muchos trabajos científicos. Mire Ud., en el 2004, creo, el fiscal general
de Nueva York procesó a GlaxoSmithKline por ocultar datos clave de sus
ensayos clínicos. Y este no es un caso aislado, hay decenas. ¿Quiere esto
decir que todos los ensayos clínicos pagados por las farmacéuticas son
tendenciosos? Claro que no. A la propia industria no le convendría. Pero el
que paga manda, y la financiación por la industria del 70% de todos estos
trabajos constituye sin duda una tremenda corriente de contaminación de la
medicina y la ciencia públicas (incluso en las investigaciones revisadas por
pares es frecuente el fenómeno llamado de “sesgo de patrocinio” o
conclusiones favorables al financiador).
Por cierto, el que paga no sólo manda sino que también compra, así que yo no
diría que hay una apropiación privada por la industria si el precio que
cobra el hospital por el ensayo clínico es el justo (cosa que dudo, pero eso
es otra historia).
- Pero si es así, si es como usted dice, ¿cómo es posible que las
comunidades científicas afectadas permitan un control de estas
características? Tal como se suele entender el espíritu científico y la
finalidad de la ciencia, lo que usted critica parece un sinsentido, es como
si la ciencia dejase de ser "conocimiento desinteresado" y pasara a
convertirse en un asunto de negocios y de poderes económicos. Pero,
verdaderamente, Science is not business. ¿No deberían levantar su voz de
alarma las revistas científicas de prestigio? The Lancet, por ejemplo, no
tiene nada que decir frente a asuntos como éste.
Bueno, para las farmacéuticas la ciencia carece de interés si con ella no se
hace “business”, y este criterio lo han contagiado –con dinero, claro- a
buena parte de la comunidad científica. Las contribuciones o donaciones de
la industria han crecido el 900% en tan sólo 20 años, entre 1980 y 2000,
según Lemmes. Y naturalmente también aumentó su influencia en todos los
aspectos. Cuando la industria lo cree conveniente, “alquila” a científicos o
médicos y a través de ellos diseña ensayos y otros trabajos de investigación
clínica, recoge y analiza los resultados, enseña los datos que le son
favorables y oculta o retrasa los que no le gustan, compra a médicos y
académicos prestigiosos, los que llama KOLs (key opinion leaders), para que
firmen artículos que escriben unos “ghostwriters” (generalmente los
departamentos de marketing o de relaciones públicas de las empresas),
publica esos artículos en respetables revistas médicas y además los utiliza
como referencias en el material de propaganda de sus productos (nada menos
que el 11% de todos los artículos aparecidos en 1998 en las publicaciones
médicas norteamericanas procedía de ghostwriters, y se estima que el
porcentaje es hoy mucho mayor). En fin, como le digo, médicos y académicos
relevantes son pagados por la industria para que firmen artículos que no
escriben basados en datos que no recogen ni analizan y, en ocasiones, ni ven.
La infección por el dinero de la industria está tan extendida en la
comunidad científica que la entrega de cheques por algo que no se hace o se
hace mal, es decir, por faltas de ética, ha adquirido ya una cierta
naturalidad. Muchos piensan que si no lo hago yo, lo hará otro.
- ¿Y no se producen resistencias en la comunidad científica?
Claro que hay médicos y científicos que resisten y censuran tal degradación,
incluso con vehemencia, como el profesor Drummond Rennie, de la Universidad
de California, que ha calificado de lamentable, escandalosa y alarmante la
actitud de las universidades y los científicos. Pero los críticos no son
suficientes para detener la enfermedad. Lo cierto es que la influencia de la
industria ha emborronado todas las cosas de tal modo que en la literatura
científica es difícil distinguir lo genuino de lo falso. Mire Ud., los
editores de las principales revistas médicas del mundo ( New England ,
Lancet , Journal of American Medical Association , Annals of Internal
Medicine y otras más) se sintieron obligados a advertir conjuntamente que el
actual control de la investigación clínica por las compañías farmacéuticas
podría hacer que acreditadas publicaciones médicas participasen en engaños o
tergiversaciones. O sea, de hecho los editores se reconocen incapaces de
asegurar el rigor de los textos que publican, y honestamente lo avisan. Pero
hay algo peor…
- ¿Algo peor?
Sí, efectivamente, hay algo peor, y es que además de la investigación
clínica, la industria ya infecta los centros de creación del conocimiento
científico (universidades, institutos especializados, etc.). Ensucia las
fuentes y la misma naturaleza de la investigación básica. Verá Ud., la
participación financiera de las farmacéuticas origina un clima de trabajo
que empuja a los investigadores a tener más en cuenta las posibilidades
comerciales del proyecto que su valor intelectual y beneficio público. La
industria promueve una investigación que busca dinero por medio de la
comercialización del conocimiento; orientada hacia la transferencia de
tecnología, los derechos de propiedad intelectual y las patentes, y que, por
tanto, considera los datos científicos como bienes personales y
confidenciales. El escrutinio público y el debate abierto que permiten a
otros investigadores verificar y repetir los resultados, algo imprescindible
para el avance de cualquier ciencia, se hacen imposibles. La industria aísla
a los investigadores y promueve la apropiación privada del conocimiento
científico. Le voy a leer un párrafo de un informe, ya no reciente, de la
Comisión de Evaluación Tecnológica del Congreso de Estados Unidos sobre
nuevas formas de desarrollo de la biotecnología, párrafo que Sheldon Krimsky,
profesor de la Universidad de Tufts, recoge en este libro titulado, como Ud.
ve, Science in the private interest , un libro excelente. Dice así: “Las
relaciones universidad/industria pueden afectar adversamente al ámbito
académico inhibiendo el libre cambio de investigación científica, minando la
cooperación entre departamentos, creando conflictos entre pares y retrasando
o impidiendo la publicación de resultados de la investigación. Además, la
financiación dirigida puede reducir el interés de los científicos por los
proyectos sin suficientes posibilidades comerciales, y así dañar
indirectamente la investigación básica que se hace en las universidades”. Y
voy a leerle otro párrafo, mejor dicho, una pregunta, también del libro de
Krimsky: “¿Pueden las universidades preservar el libre cambio de ideas entre
estudiantes y profesorado a la vez que cumplen los acuerdos con la industria?”
Una pregunta que debería dar que pensar a aquellos, cada vez más, que en
España animan con entusiasmo la asociación de la universidad o de centros de
investigación básica con la industria. Lo que Krimsky llama la “desenfrenada
comercialización de nuestras instituciones”.
- ¿Afirmaría usted entonces que no sólo la industria española sino que
las grandes multinacionales del sector están corruptas? ¿No estamos entonces
ante una situación muy peligrosa? Estamos hablando de la salud, de la vida
de las personas.
Claro que estamos hablando de una situación muy peligrosa. A lo largo de
esta conversación hice ver varias veces que la industria farmacéutica engaña,
está asentada de raíz en el engaño, y que para ocultarlo y mantener sus
excepcionales rentas corrompe la investigación y los investigadores, primero,
y trasmite a los médicos informaciones falsas, después. Pero más responsable
que la industria, mucho más, son los gobiernos, y concretamente las
autoridades farmacéuticas que saben todo y consienten casi todo. Una
benevolencia oficial que, desde luego, la industria agradece de muchas
formas. Es frecuente, por ejemplo, que cuando los altos funcionarios de
farmacia son cesados encuentren en la industria trabajo con excelentes
retribuciones.
- ¿Cómo cree usted entonces que debería orientarse de forma justa y
razonable la investigación farmacéutica en un país como el nuestro?
Ahora, en los minutos de una entrevista, no me atrevo a esbozar un proyecto
de política de investigación farmacéutica, que requiere, claro, reflexión y
debate. Pero sí le diré dos cosas: una, yo no subvencionaría, como ahora se
hace, a las compañías farmacéuticas que investigan; eso es su interés, diría
que su necesidad, porque sin obtener medicamentos nuevos no se puede
competir en el mercado farmacéutico, y sin la posibilidad de competir una
empresa no tiene razón de ser, se extingue. ¿Por qué el Estado va a
estimular con subvenciones algo que las compañías están obligadas a hacer
para vivir? Y dos, no mezclaría, por motivos que antes comenté, la
investigación básica que debe potenciar el Estado con la investigación
mercantil de las farmacéuticas.
- ¿Cuáles son las causas del creciente y supuestamente imparable gasto
farmacéutico? ¿El envejecimiento de la población? ¿Quién ha sugerido, por
ejemplo, que se consideran enfermedades la calvicie, la timidez, ciertos
síntomas de la adolescencia, incluso el malhumor? ¿Debería contenerse este
gasto? ¿Cómo hacerlo?
El gasto se acelera por un conjunto de causas, unas empujan el volumen del
consumo y otras los precios. Las principales son la aparición de nuevos
productos, siempre más caros; la inflación farmacéutica o actualización de
los precios de los medicamentos no nuevos; los avances tecnológicos clínicos
que alargan la supervivencia de muchos pacientes, en su mayoría tratados con
fármacos; la cronicidad de las enfermedades prevalentes en nuestras
sociedades que requieren el uso prolongado o de por vida de medicamentos;
las terapias intensivas modernas en ciertos padecimientos; la creciente
medicalización de las limitaciones naturales del cuerpo humano, como las que
Ud. cita de calvicie, timidez, sexo apagado, etc. que ahora pueden ser
tratados con medicinas; y también el envejecimiento de la población, aunque
a lo largo del tiempo su influencia es mucho menor de la que se le atribuye
(está probado que en aquellos países donde la población mayor de 65 años ha
crecido más rápidamente, el gasto sanitario no ha aumentado con mayor
rapidez que en aquellos otros donde la población anciana creció con más
lentitud). En resumen, el gasto crece porque aumenta el coste por día de
tratamiento, aumenta los días de tratamiento por enfermo y aumenta el número
de enfermos. Entonces, preguntará Ud., ¿hay que aceptar el incremento del
gasto? En España, de ninguna manera. Aquí el gasto es desmedido y su coste
de oportunidad muy gravoso (el coste de oportunidad es en este caso el valor
de lo mucho que deja de hacerse en otros sectores de la asistencia pública
al destinar recursos a farmacia; dicho de otro modo, en el marco de un
presupuesto sanitario finito y siempre escaso, el rápido aumento del gasto
farmacéutico reduce el dinero a asignar a la atención primaria, los
hospitales e inversiones. Contenerlo es, pues, indispensable y apremiante
para la sanidad pública. ¿Cómo? Hay que contar primero con una decisión
política firme. El gobierno ha de estar dispuesto a abandonar el hacer que
se hace con medidas de corto recorrido (rebajas que disminuyen el coste,
pero no el consumo; precios de referencia encogidos; descuentos de la
industria; incentivos ridículos a los médicos, etc.). La contención es un
proceso permanente, un trabajo constante de vigilancia del gasto junto a una
actitud firme de resistir su crecimiento con las medidas eficaces, gusten o
sean impopulares. Algo difícil para los políticos que viven al día, sin
pensar en mañana (como Luis XV, “après moi, le déluge”) y eluden
enfrentamientos con la industria y con los ciudadanos votantes. Es
indispensable para el Sistema, pero no creo que se haga nada más que ir
trampeando irresponsablemente todo el tiempo que se pueda. Después, dirán,
que salga el sol por Antequera.
- ¿Desea añadir algo más? ¿Cree que hay algún punto esencial que no hemos
tocado?
Pues sí, diré algo más, porque no quiero dejar de señalar cómo las
farmacéuticas mitifican descaradamente su investigación cada vez que afirman
(y lo hacen con mucha frecuencia, en una coordinada campaña) que la
obtención de un nuevo medicamento es un proceso de enorme riesgo financiero
y elevadísimo coste. Dos engaños más. Verá Ud., es obvio que la inversión en
cualquier proyecto de investigación siempre está envuelta en incertidumbre.
Pero esta inseguridad, este riesgo natural disminuye mucho cuando el
inversor puede diversificar su cartera en varios proyectos, como ocurre con
la investigación de una empresa farmacéutica, que generalmente sigue a la
vez varias líneas distintas. La Oficina de Evaluación Tecnológica del
Congreso de EE.UU., a la que antes me referí, estima que la diversificación
permite incluso eliminar el riesgo en el desarrollo de nuevos medicamentos,
eliminar, dice, no sólo disminuir. Además, la industria farmacéutica recibe
una especial seguridad añadida en las naciones con sistemas de salud de
libre acceso universal, donde la efectividad de la demanda farmacéutica está
garantizada con dinero público, lo que reduce la inestabilidad del mercado y
por ello el riesgo de la innovación. La industria sabe que cualquier nuevo
fármaco nace con la certeza de que el Estado sufragará su consumo para todos
que lo necesiten. En fin, ese “enorme” riesgo según la industria es, en la
práctica, pequeño o quizá nulo.
Y algo similar puede decirse del coste “elevadísimo”. También está hinchado.
Desde luego no es barato poner en el mercado un medicamento verdaderamente
nuevo. Exige no pocos recursos financieros. No pocos, pero cuántos, qué
cantidad concreta, se desconoce. La industria oculta desde siempre las
cuentas de la investigación (mantuvo durante 9 años, y ganó, una batalla
legal contra la General Accounting Office, de EE.UU., que pretendía
revisarlas), y no es posible saber qué gastos incluye en dicha partida ni,
claro, el coste real de un nuevo fármaco. No hay datos ciertos que puedan
ser contrastados. Las cifras que se manejan y airean son simples
estimaciones teóricas y académicas pagadas, salvo excepciones, por la
industria. En recientes anuncios en prensa, Farmaindustria asegura que el
coste de un nuevo medicamento es de “más de €800 millones” pero Public
Citizen Congress Watch, una organización de consumidores establecida en
Washington, muy respetada por su independencia y rigor, lo calcula en unos
€90 millones; es decir, €710 millones menos. Una diferencia tan desmedida
que sólo es posible si alguien miente, y el que más se beneficia de hacerlo
es la industria.
(principio de página...)
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